Os dejo un relato muy breve que describe un momento real de mi infancia.

Fotografía de Carmen de Auriago

Era un domingo de invierno y estaba nublado, a punto de una llovizna, pero no caía una sola gota. Mi abuelo, mi hermano y yo aprovechamos para dar un paseo. Fuimos a la playa y, al poco de caminar, encontramos una barca abandonada, casi destruida por las inclemencias del tiempo. Sus colores estaban apagados: el azul parecía gris; el blanco, sucio, apenas asomaba entre la madera agujereada.

      Se había instalado en el corazón de aquel navío una decrepitud que iría ganando terreno hasta pudrir cualquier evidencia de algún esplendor pasado. La barca estaba rota, varada a unos metros del mar como una ballena que aún respirase sobre la arena; lo bastante cerca para sentir el agua, pero incapaz de alcanzarla.
      —¿Y si la empujamos mar adentro? —pregunté a mi abuelo.
      —No se puede, no es nuestra —respondió él—. Además, no debemos tocarla. Mira, tiene moho.
      Nos quedamos los tres en silencio velando lo qué aún quedaba. Yo era una niña, pero pensé que todo lo malo crece si no se arregla. Enseguida me sobrevino una repentina rabia. Quise ver al navío como la víctima de un mal dueño. Me lo imaginé como un padre horrible que exclamaba con la boca llena: ¡tengo hijos! Pero toda significación, más allá del hecho biológico o del estatus social, se le iba de la cabeza a la mínima brizna.
      Como me puse triste, pensé en otra cosa: que quizás pertenecía a un pescador muy viejo, o que el hombre estaba, quizás, ya muerto. Alguien la había heredado y sentía el indolente desprecio que se tiene hacia lo que no se usa. La barca no debía tener un significado para él.
      —¡Quedaos aquí! —dijo mi abuelo Miguel generando una inusitada expectación.
      Yo sabía que iba a suceder algo increíble. Hacía un frío húmedo que te calaba en los huesos. Esperé en vilo unos segundos hasta que mi abuelo sonrió y nos llamó alegremente: —¡Venid! ¡!Venid!
      Habíamos estado mirando el lado incorrecto de la barca todo el tiempo. Bastaba con rodearla para advertir la magia. Centenares de mariquitas habían encontrado en aquellas maderas rotas su hogar. Sus pequeños cuerpos cubrían los desperfectos y suplían la pintura carcomida por un brillante mar de rojos y puntos negros. Sentí una extraña felicidad. Estuvimos mucho rato jugando con los pequeños insectos imbuidos por una felicidad blanca.
      Me gusta recordar este momento de cuando en cuando. Me hace pensar que cada una de mis heridas tiene un potencial desconocido. Si el sol de la mañana ilumina el lado feo de un asunto, el sol de la tarde nos muestra sus tesoros. El caos tira los dados cuando el orden comete crímenes.
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