Hay frases que se repiten tanto que acaban convertidas en dogmas sociales. Frases de 0,60 euros, producidas en serie por la gran fábrica de misiones vitales: ten hijos, planta un árbol, escribe un libro… Y, una vez escrito, no olvides crear una página de autora con una sección dedicada a explicar quién eres.
En el templo de Delfos podía leerse una advertencia: «Conócete a ti mismo». No se me ocurre un consejo más difícil de seguir.

Emily Dickinson escribió:
«Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes».
Me gustan sus poemas porque tienen un encanto original. No te venden nada. Son auténticos, íntimos y libres. También yo escribo desde ese espíritu rebelde.
Hablar de una misma es otra cosa. Se parece a abrir la tarta que acabas de preparar, sacar el relleno y repartirlo entre los asistentes. Tal vez por eso resulte más fácil venderse que mostrarse. Presentar una de esas tartas de escaparate en las que el chocolate ha sido sustituido por betún porque brilla más, conserva mejor la forma y sale estupendamente en las fotografías.
No me interesa.
¿Quién soy? Al igual que todos, soy nadie en la medida en que cada cual está rodeado de una niebla espesa: sus circunstancias, las máscaras sociales, el verdadero significado de sus acciones…
Podemos contar pinceladas acerca de nosotros mismos, grandes pinceladas que se transforman en un cuadro que solo puede apreciarse desde cierta distancia. La verdadera forma, sin embargo, es una ilusión. Platón nos advertía al pie de la caverna de que confundimos las sombras con la realidad. Siglos después, la neurociencia nos estampó en la cara la confirmación: los espacios entre pinceladas se completan como puede y sabe el cerebro de cada cual. El pasado, el presente y el futuro son una invención brillante. Todos somos literatos de nuestras existencias y de las existencias ajenas.
Si te contase mi película desde el principio, verías a una niña de cinco años que no quería vestir de rosa ni jugar con muñecas porque estaba obsesionada con construir su propio robot. Me verías a los ocho años, recitando los monólogos de Segismundo de memoria y a escondidas. A los once años realicé toda la instalación eléctrica del pequeño piso al que nos mudamos porque no había dinero para contratar a nadie y yo sabía hacerlo (no sé cómo). Vamos a saltarnos muchas escenas intermedias, inconvencionales, todas ellas salpicadas de miles de horas leyendo las cosas más variopintas y por un espíritu de supervivencia y superación que te sorprendería.
Soy una buscadora de respuestas. Lo que escribo no son semillas, sino los frutos de una profunda reflexión; pero escribo en clave lo que yo tampoco soy capaz de atisbar en su completitud. Es una cuestión de respeto. Aun así, si has leído La gran jaula, verás que mis personajes son muy deslenguados y que no temen llamar ciertas cosas por su nombre. Mi obra está llena de secretos, de guiños, de ideas profundas disfrazadas. Si te cuelas en mi universo, debes saber que puedes llegar a caer y caer, subir y subir, sin ver el final del cielo o el fondo del precipicio. Supongo que todo es culpa de la música. No del cha-cha-cha, sino de ese lenguaje polifónico, armónico y melódico que ha sido mi pasión desde que, a los 17 años, canté por primera vez con una orquesta a la espalda y de frente a un auditorio repleto de gente.
Hubo un tiempo en que fui una joven promesa de la lírica pero las circunstancias no me acompañaron. Aunque llevo cantando en los escenarios toda mi vida, renuncié a hacer carrera por motivos que no vienen al caso pero que me impedían viajar de aquí para allá, como manda la vida de un músico que se precie. No te cuento esto desde la nostalgia. No me arrepiento de nada. La libertad es un lujo, pero la ética es un lujo aún mayor; una libertad responsable que nos enseña a caminar por la vida sin dejarnos seducir por el egoísmo o los aplausos. Tan perdidos como vamos todos, yo he seguido siempre la voz de mi corazón y he sido generosa con las personas que quiero.
De mi vida puedo contaros que me he empeñado siempre en transformar todas las pinceladas amargas en algo mejor y que, hasta ahora, lo he conseguido. Esta forma de afrontar los acontecimientos impregna de humanismo toda mi obra. A pesar de tener motivos para no hacerlo, creo en el ser humano y en la posibilidad de embellecer el trocito de mundo que nos ha tocado a cada cual.
He aquí mis primeras pinceladas. Las otras habrás de encontrarlas repartidas entre versos, guiones, obras audiovisuales, cantos y manifiestos.
Mi perfil profesional está en LinkedIn. Y, si navegas por el menú de arriba y crees descubrirme entre tantos trazos, cuéntame lo que has visto por si me sirve para conocerme mejor.
Imagen Copyright Carmen de Auriago